¿Por qué nos afecta el distanciamiento social? Una mirada desde la Neuropsicología.

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A raíz del aislamiento social, preventivo y obligatorio nos vimos forzados a tener que distanciarnos socialmente (no así, emocionalmente) de nuestros vínculos, seres queridos y afectos. Esto tiene correlación, y resulta lógico pensar, que afecte a nuestra salud psíquica,  física y emocional. Ahora bien, este malestar no solo radica en el querer y no poder, sino en las bases biológicas que nos constituyen como seres humanos. Es decir,  en el cerebro existen estructuras que resultan necesarias para entablar y mantener las relaciones sociales, base de la supervivencia (Valdizán, 2008), por ello es posible hablar de un cerebro social.

En principio, se podría afirmar que el distanciamiento social nos afecta porque somos seres sociales y necesitamos de un otro. Lo cual tiene sentido y veracidad, ya que es así desde que nacemos, además de hacerlo en una sociedad y cultura predeterminada, necesitamos de nuestros cuidadores primarios para desarrollarnos de forma eficaz. Aprendemos a través del modelado del otro. Conforme vamos creciendo, lo hacemos siempre en interacción con los demás, ya sea familia, pares, instituciones, siendo posible gracias al desarrollo de ciertas funciones de nuestro cerebro.

Las raíces de la socialización radican en el momento en que los humanos nos hicimos cazadores, al necesitar la colaboración de otros para buscar y capturar a la presa. Sin embargo, lo que diferenció a la socialización humana fue el surgimiento de la conciencia, la atención y el conjunto de funciones cognitivas, que dieron lugar a la conciencia de sí mismo y de los otros, entendiéndolos como seres afines pero diferentes. Por lo tanto, somos capaces de entender al otro, desde sus deseos, emociones y pensamientos, permitiendo de esta forma, dar respuestas acertadas. Al haberse organizado en el tiempo, se convirtió en un concepto fundamental para la vida en sociedad (Álvaro González, 2015).

A partir de estudios de neuroimágenes, es posible saber que diferentes estructuras del cerebro se activan al interactuar socialmente interviniendo en dicha interacción. De este modo fue posible dar cuenta que, por ejemplo:

  • La corteza prefrontal se encarga del razonamiento social, e interviene en el funcionamiento de la empatía donde al entender lo que siente otra persona se ponen en marcha funciones cognitivas tales como la flexibilidad mental y la Teoría de Mente (poder atribuirle, predecir y entender la conducta, emociones del otro).
  • La amígdala se encarga del procesamiento emocional siendo participe también en la memoria y toma de decisiones.
  • La ínsula es la encargada de las respuestas automáticas y también participa en el desarrollo de la empatía.
  • Las neuronas en espejos, gracias a las cuales entendemos las acciones de los demás permitiendo que se activen representaciones motoras de las mismas acciones en nuestros cerebros. 

Se hace mención en rasgos generales a dichas estructuras del cerebro ya que el fin del artículo no es profundizar en estos temas, sino que sea posible comprender que el estar en interrelación recíproca con otros es necesario ya que nos constituye como personas. Por lo tanto, si este periodo de distanciamiento social nos produce malestar tal como ansiedad, angustia, ánimos depresivos, desgano, apatía, anhedonia, abulia, entre otros, puede deberse, además a la incertidumbre producida, a que somos seres sociales y nuestro cerebro es social, de esta manera el contacto con otras personas es necesario para nuestro bienestar integral.

Es importante entender que dichos síntomas son esperables en este periodo, y deben validarse como tal. De todas formas, si comienzan a interferir en la vida diaria impidiendo que se desarrolle con normalidad y son clínicamente significativos, es importante acudir a un profesional de la salud mental.

Finalmente, es importante comprender y diferenciar que el distanciamiento es solo físico, es decir, no es emocional. Podemos estar en contacto con nuestros vínculos, sin necesariamente aislarnos de ellos, adaptándonos a nuevas formas de interacción.

Bibliografía

Álvaro González, L. (2015). El cerebro social: bases neurológicas de interés clínico. Revista de Neurología, 61, 458-470.

Butman, J. (2001). La cognición social y la corteza cerebral. Revista de Neurología Argentina. 26, 117 – 122.

Contreras, D; Catena, A; Cándido, J; Perales, J; Maldonado, A. (2008). Funciones de la corteza prefrontal ventromedial en la toma de decisiones emocionales. International Journal of Clinical and Health Psychology, 8, 285 – 313.

Valdizán, J.R, (2008). Funciones cognitivas y redes neuronales del cerebro social, Revista de Neurología,46, 65-68


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Seguir Daiana Lamberti:

Soy Licenciada en Psicología (Universidad de Belgrano), Especialista en Psicoterapia Integrativa con Orientación Cognitiva (Universidad de Mar del Plata). Me he formado en evaluación neuropsicológica y psicodiagnóstico. Actualmente, me encuentro ampliando mis estudios en Neuropsicología, rehabilitación y estimulación cognitiva. Me desempeño en el área de la educación y en la atención clínica de pacientes con diferentes perfiles cognitivos y diagnósticos, ejerciendo desde el compromiso, responsabilidad, pasión e idoneidad.

Una respuesta

  1. […] en un interjuego con las de los demás, entendiendo, como se expuso en otros artículos, que somos seres sociales desde que nacemos, nos nutrimos de la interacción con un otro, el cual es poseedor de sus propias creencias, […]

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